¿Existe razón para pensar que una teoría simple tiene más probabilidades de ser cierta que una teoría menos simple?


La navaja de Ockham no implica la negación de la existencia de ningún tipo de entidad, ni siquiera es una recomendación de que la teoría más simple sea la más válida.​ Su sentido es que a igualdad de condiciones, sean preferidas las teorías más simples. Otra cuestión diferente serán las evidencias que apoyen la teoría.​ Así pues, de acuerdo con este principio, una teoría más simple pero menos correcta no debería ser preferida a una teoría más compleja pero más correcta.

Sin embargo, para el filósofo Paul Newall, el punto principal que hace que la navaja de Ockham sea de poca ayuda, si no explícitamente entorpecedora y dañina, es que las consecuencias de añadir entidades adicionales son imposibles de establecer a priori.

Puesto que la ciencia nunca finaliza, siempre estamos en la posición «antes» y nunca llegamos a la posición «después», que según Niels Böhr era el único momento en el que se podría introducir la navaja de Ockham,​ lo cual, obviamente, ya no es de ninguna ayuda para juzgar de antemano una teoría.

Porque, ¿qué nos hace pensar que el universo es simple y ordenado, en lugar de complejo y caótico? ¿Y si el universo y la realidad misma tuvieran una estructura fractal?

Preferir una teoría que explique los datos en función del menor número de causas no parece sensato. ¿Existe algún tipo de razón objetiva para pensar que una teoría así tiene más probabilidades de ser cierta que una teoría menos simple? Aún hoy en día, los filósofos de la ciencia no se ponen de acuerdo en darle una respuesta a esta pregunta.

Su forma moderna es la medida de complejidad, de Kolmogorov. No existe una medida simple de simplicidad. Dadas tres explicaciones, no podemos estar seguros de cuál es la más simple. No es posible aplicar las matemáticas para determinar la validez de un juicio. Se vuelve al juicio subjetivo y relativo.

Por ejemplo, la física clásica es más simple que las teorías posteriores. Matemáticamente, la física clásica es aquella en cuyas ecuaciones no aparece la constante de Planck.

Un paradigma actual principal de la física es que las leyes fundamentales de la naturaleza son las leyes de la física cuántica y la teoría clásica es la aplicación de las leyes cuánticas al mundo macroscópico. Aunque en la actualidad esta teoría es más asumida que probada, uno de los campos de investigación más activos es la correspondencia clásica-cuántica. Este campo de la investigación se centra en descubrir cómo las leyes de la física cuántica producen física clásica dependiendo de que la escala sea al nivel microscópico, mesoscópico o macroscópico de la realidad.

Sin embargo, lo que aduce la navaja de Ockham es que la física clásica no se debería preferir a teorías posteriores y más complejas, como la mecánica cuántica, puesto que se ha demostrado que la física clásica está equivocada en algunos aspectos.

El primer requerimiento para una teoría es que funcione, que sus predicciones sean correctas y que no haya sido falsada. La navaja de Ockham se utiliza para distinguir entre teorías que se supone que ya han pasado estas pruebas y aquellas que se encuentran igualmente soportadas por las evidencias.

Otro controvertido aspecto de la navaja de Ockham es que una teoría puede volverse más compleja en lo relativo a su estructura (o sintaxis), mientras que su ontología (o semántica) se va haciendo más simple, o viceversa.​ Un ejemplo habitual de esto es la teoría de la Relatividad.

Galileo Galilei criticó duramente el mal uso de la navaja de Ockham en su «Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemáico y copernicano». La navaja de Ockham viene representada por el diálogo de Simplicio, un mediocre defensor de la física aristotélica, un personaje con el que quizás Galileo estuviera representando al papa Urbano VIII. El punto clave sobre el que ironizó Galileo fue que si realmente se quisiera comenzar desde un número pequeño de entidades, siempre se podrían considerar las letras del abecedario como entidades fundamentales, puesto que con toda certeza se podría construir todo el conocimiento humano a partir de ellas.

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